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La Guerra de los Hermanos (Parte 3/7) - Urza's Saga


Era la noche antes del fin del mundo.

Los dos ejércitos se habían reunido en lados opuestos del valle. No era propiamente uno, sino lo que quedaba de un bosque completamente arrasado por la maquinaria que lo había utilizado para crecer. Solitario, Tawnos caminaba cubierto con una capa que lo camuflaba con el entorno oscuro y gris. Llevaba esperando ya algunos minutos cuando vio a la mujer, sola como había prometido. Al cruzar hacia ella, Tawnos sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo y lo encendió. Una pequeña luz ilumino sus caras. Ashnod, la mujer que acababa de llegar, se acercó más a la luz, mostrando esa sonrisa que a Tawnos siempre le había parecido atractiva. Tawnos miró cabellos grises en la melena de Ashnod que antes había sido toda de color escarlata.





-          Había oído que estabas muerta.
-          No creas todo lo que oyes, patito – respondió Ashnod sin dejar de mostrar su sonrisa – he muerto al menos unas 5 veces en los últimos 10 años. Tú te ves bien… y has venido.
-          A lo que podría ser una trampa – respondió Tawnos tenso.
-          Podría… - admitió Ashnod – Es bueno que hayas sido precavido. Estamos ante la última batalla… el conflicto final de tu maestro contra el mío.
-          Entre Urza y Mishra, si… Ambos están aquí. Es buen momento para que esto termine. Ha durado demasiado tiempo. Urza está…
-          ¿Cómo está? – preguntó Ashnod.
-          … está como siempre. Lo mismo, sólo que más. ¿El tuyo? – preguntó Tawnos, por cortesía.
-          Mishra está… diferente. Algo está mal… está más frío que nunca, más calculador. Todo esto se podría evitar.
-          ¿Cómo? – preguntó Tawnos.
-          Entregando lo que quiere… entregándole la otra mitad de la piedra a Mishra.
-          ¿Rendirse? ¿Después de todos estos años?... Antes de venir a Argoth quizá… pero ya no.
-          Sólo es una sugerencia, patito – respondió Ashnod levantando la mano juguetonamente.
-          ¿Mishra te envió con ese mensaje?
-          No. Son mis palabras. Él no confía en mí.
-          ¿Quién podría? – Las palabras salieron de Tawnos, antes de darse cuenta de lo que dijo.
-          Bien, no vine a ser insultada...
-          ¡Espera!... tal vez… podríamos reunirlos, una última vez, a Urza y Mishra… sin sus ejércitos, llegar a un acuerdo.
Ashnod negó con la cabeza.
-          Están congelados en sus acciones. Son un par de hombres mecánicos – Ashnod mostró una sonrisa triste. – Sueñas con un momento en el que pudieran entenderse, pero ese momento nunca existió… Tawnos… patito… mañana prométeme que serás cuidadoso. Que sobrevivas a la batalla.
Ashnod desapareció en la oscuridad.
-          Tú también ten cuidado – respondió Tawnos mientras se quedó pensando en las palabras de Ashnod, “ese momento nunca existió…”.

Ooo

Era la noche antes del fin del mundo.

El portal se abrió y el demonio Gix salió caminando a paso lento. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que respiró el aire de Dominaria. Salió de las cuevas de Koilos y se dirigió al noroeste, al monasterio que llevaba su nombre. “Humanos”, pensó, “sólo a ellos se les ocurren estas cosas… idolatrar lo que temen… en verdad quedó muy poco de la civilización Thran”. Al llegar fue recibido por los monjes del monasterio.
-          Es un honor recibir su visita, Gran Maestro.
-          Déjense de esas tonterías. Vine a supervisar directamente su trabajo. ¿Qué avances tienen? – preguntó Gix.
-          Los hermanos se encuentran en la isla de Argoth, maestro. Tenemos espías ubicados ahí justo en este momento. Hablan de que el conflicto entre ambos es continuamente saboteado por los elementos de la isla.
-          Un contratiempo menor. – Respondió el demonio. – Han hecho bien, debo admitirlo. Me tomé muchos riesgos al mostrarles la belleza de Phyrexia, pero han sido leales.
-          Gracias, Maestro. Grande es el nombre de Phyrexia, ¡grande es el nombre de Gix!
-          Me conmueven. Partiré inmediatamente a Argoth. Quiero ver el final de esta era con mis propios ojos. – se dirigió el demonio Gix a los monjes. – Cuando vuelva… ¡Ustedes serán la vanguardia de una nueva era llena de máquinas y carne!
Gix dejó el monasterio hervido de vítores para él y para Phyrexia.




Gix llevaba años esperando por este momento. Como miembro del Círculo Interior de Phyrexia, era uno de los más antiguos y poderosos phyrexianos que habitaban ese plano. El Círculo Interior llevaba la agenda de su amo a la acción. Parte carne y parte máquina, los phyrexianos adoraban a su dios y vivían para hacer realidad su visión. El Amo de las Máquinas lo veía todo a través de ellos y no había mentira para él. Gix lo sabía. Sabía que justo en este momento su Amo veía sus acciones, las cuales efectuaba para un fin mayor: conquistar el plano de Dominaria, comenzando desde las cuevas de Koilos para invadir el continente de Terisarie y después todo el plano.

Cuando los phyrexianos se dieron cuenta de que el antiguo portal que los Thran habían cerrado en las cuevas de Koilos había sido roto, a Gix se le dio una importante misión: comenzar la primera fase de asimilación de Dominaria. Infectando a algunos humanos para controlarlos, se dio cuenta de que el continente de Terisarie tenía líderes capaces de atrasar la invasión, sin embargo, esos líderes luchaban entre sí. El plan de Gix era simple: Se presentaría como un sanador, arreglando mecánicamente a los desahuciados o mutilados por la guerra, para que ellos atrajeran más adeptos, mientras confabularía para que los líderes se destruyeran entre sí.
Con el tiempo la Iglesia de Gix cobró tanta fuerza, que sirvió como balanza ante la guerra que sostenían Urza y Mishra. Desde el Monasterio de Gix, sus monjes condenaban el uso de artefactos y pregonaban a la gente que la guerra terminara. Los adeptos se convirtieron en espías que, sin saberlo, eran utilizados como ojos y oídos por Gix, así como él era utilizado por su Amo.

Al poco tiempo de utilizar a sus esclavos, Gix descubrió que los líderes eran hermanos y que ellos habían sido los responsables de que el sello Thran, que impedía a los phyrexianos entrar a Dominaria, fuera destruido. “Esto es poético”, pensó el demonio, “todos estos años y esos tontos hermanos no tienen ni idea de que sus acciones dieron oportunidad a algo más grande”. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Gix mientras atravesaba el portal que lo había llevado a Argoth. Una mujer lo esperaba. La pobre sacerdotisa tenía sus miembros mecánicos destrozados. Su cuerpo los había rechazado y no podía hablar. La mujer le imploró con la mirada a Gix y este tomó su cara con sus garras, las cuales traspasaron la carne. Ella se sacudió en un espasmo y luego se quedó quieta. Gix la soltó y esta cayó como marioneta con los hilos cortados. Gracias a ella lo supo, “todas las piezas están en su lugar… no importa quien gane… el vencedor será destruido”. Mientras se dirigía a la zona cero, vio a dos elfos. Sus cuerpos yacían inertes, abrazados. “Sólo son carne… débiles… Phyrexia hará buen uso de ustedes”.






Era la noche antes del fin del mundo.


Adaptación del poema épico The Antiquities War, escrito por Kayla bin-Kroog





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